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sábado, 21 de enero de 2012

Anecdotario Aeronáutico - 55. LA PRIMERA AVIADORA PARAGUAYA: P.A.C. BERTA SERVIÁN

Lic. Antonio Luis Sapienza Fracchia (*)
Doña Berta Servián de Flores

No sólo fue la primera mujer en brevetarse como aviadora en Paraguay sino también estuvo entre los primeros trece pilotos aviadores civiles que se graduaron como tales a fines de los años 30. Nació el 18 de Octubre de 1914 en una pequeña compañía del interior del país denominada Isla Sacá. Tuvo nada menos que 10 hermanos. Realizó sus primeros estudios en la ciudad de Coronel Bogado y a los 10 años de edad se trasladó con sus padres a Asunción, donde continuó estudiando. Su pasión por la aviación nació muy tempranamente, cuando aún viviendo en Cnel. Bogado aterrizó un avión cerca del pueblo y la joven Berta tuvo su primer y emotivo contacto con el aparato.

A partir de aquel momento, la aviación fue su idea fija, pero encontró una tensa resistencia en su familia. Su vocación, sin embargo fue creciendo cada vez más fuerte y además tenía un hermano que era piloto aviador militar. Y fue justamente ese hermano quien le diera el “bautismo de vuelo” a Berta el 13 de Junio de 1938 en un biplano Consolidated Fleet (1), cuando ella tenía 24 años de edad. Siempre recordaba que había sentido una emoción tan grande al surcar el espacio aéreo que al aterrizar decidió con toda firmeza hacerse piloto civil.

Unos años antes de este episodio, Berta había motivado a su hermano Víctor Rafael a inscribirse en la Escuela de Aviación Militar, y así lo hizo. Cuando se graduó como piloto aviador militar, Berta asistió al acto de entrega de los brevets en la Base Aérea de Ñu-Guazú. A dicho acto fue invitado el General José Félix Estigarribia, quien había sido Comandante del Ejército durante la Guerra del Chaco, y era él quien entregaba los distintivos a los nuevos pilotos. Cuando le tocó el turno al hermano de Berta, el Gral. Estigarribia, en conocimiento que la vocación aeronáutica de Víctor Servián había sido estimulada por su hermana, y para sorpresa de ella, el General prendió el brevet en el vestido de Berta y no en el uniforme de Víctor, diciéndole:

...Usted se merece este brevet, pues ha dado a nuestro país un excelente aviador militar”...;

Berta, muy emocionada, le preguntó si alguna vez ella podría ser piloto, a lo que el general le contestó inmediatamente:

...”Por supuesto, mañana mismo inscríbase en la Escuela de Aviación Civil”...

Así Berta inició sus estudios de aviación, siendo la primera mujer en Paraguay en hacerlo. Sus instructores, los Capitanes PAM Luis Escario y Abdón Álvarez Albert no escatimaron esfuerzos para convertirla en una excelente aviadora. Aprendió a volar en los Caudrón C.272 Luciole (2) del Aeroclub del Paraguay y tras once horas y catorce minutos de vuelo en doble comando, con ciento noventa y cinco aterrizajes, el 10 de Febrero de 1939, realizó su primer vuelo solo.

Solía comentar que...

...”todos mis compañeros e instructores sabían que aquel día volaría sola por primera vez, menos yo”...;

Ese día, Berta realizó varios vuelos con su instructor y después de uno de los aterrizajes, el instructor se bajó del avión ordenándole a Berta que continúe sola.

...”Sentí mucho miedo al principio, pero logré dominarlo. Llevé el Luciole hasta la cabecera de la pista y despegué. Hice una vuelta grande en el aire y luego aterricé; Apenas paré el motor, mis compañeros se abalanzaron con un ramo de flores para felicitarme”... recordaba siempre Berta.

A partir de entonces, fue acumulando horas de vuelo y realizando diversas maniobras en vuelo como virajes de 180 grados, rizos, aterrizajes de precisión, toneles, etc. Una vez que la aviadora estaba lista, empezó a realizar una serie de vuelos hacia localidades del interior del país para familiarizarse en la navegación aérea. El Aeroclub del Paraguay había establecido un servicio aéreo de pasajeros, correspondencia y pequeñas cargas entre Asunción y las principales ciudades del interior, utilizando tantos los Luciole como los Caudrón Pelican (3) y deseaba contar con todos los pilotos civiles disponibles. Así el 10 de Abril de 1939, Berta decoló con un Luciole, llevando como pasajero a un médico con destino a Villa Hayes. De ahí, despegó hacia Puerto Pinasco para un vuelo de práctica sin pasajeros, distante unos 300 kilómetros al norte, sobre el Río Paraguay.

Era un vuelo relativamente sencillo, pues debía seguir el curso del río para llegar a destino, pero apenas levantó vuelo, se encontró con un gran banco de niebla y un fuerte viento en contra. Sin darse cuenta, se fue desviando lentamente de su ruta, alejándose del río. Cuando salió de la niebla, se encontraba completamente perdida, por lo que decidió aterrizar. El grave problema era que estaba volando sobre largas extensiones de monte tupido y no divisaba ningún claro para aterrizar. Berta estaba asustada y desorientada; Por unos instantes, cerró sus ojos y se encomendó a Dios. Ya más calmada, abrió los ojos y para su sorpresa, divisó una toldería de indios en un claro en el bosque, lo suficientemente grande para aterrizar. A pesar de no conocer la región, decidió aterrizar, ya que estaba casi sin combustible. El aterrizaje fue completamente normal, pero el aparato quedó empantanado en un pequeño esteral, sin sufrir ningún daño. Berta recordaba siempre que cuando se desabrochó los cinturones y salió del avión, se hundió en el barro hasta las rodillas. Se le acercó una mujer campesina, preguntándole si era hombre o mujer, a lo que Berta contestó que era mujer, pero la campesina no le creía, ya que Berta estaba vestida con el mameluco de vuelo. Tuvo que bajar el cierre del mameluco y mostrarle sus pechos para que finalmente se convenciera. Así la mujer campesina la invitó a pasar la noche en su rancho y recién al día siguiente, cuando llegó el marido de dicha mujer, pudo saber que se encontraba cerca de la ciudad de Pedro Juan Caballero. Luego se enteraría que tanto sus familiares como el personal del Aeroclub pensaron que le había ocurrido lo peor y habían organizado una búsqueda por aire y tierra. El marido de la campesina fue hasta la ciudad para telegrafiar a Asunción e informar que tanto Berta como su aeronave estaban en perfectas condiciones. El rescate no tardó en llegar; El Luciole fue sacado del barro, se le cargó combustible e inmediatamente retornaron a la capital. Este incidente no mermó el ánimo de Berta, quien continuó acumulando horas de vuelo.

Los exámenes teóricos y prácticos para optar por el brevet de piloto aviador civil fueron muy duros y los examinadores no tuvieron ningún tipo de contemplación con Berta, quien cumplió estoicamente con todos los requisitos para graduarse. A partir de entonces, realizó innumerables vuelos a varias localidades del interior del país dentro del Servicio Expreso del Aeroclub del Paraguay. Berta Servián recibió su brevet de Piloto Aviador Civil, Categoría “A” el 12 de Octubre de 1939 y el de Categoría “B” el 20 de Agosto de 1946. Su licencia del Aeroclub del Paraguay tenía el N° 13.

Entre 1942 y 1943, también realizó un curso de acrobacia aérea en la Aviación Militar, volando en Fairchild PT-19 (4), Vultee BT-13 (5) y N.A. AT-6C (6). El carácter siempre jovial de Berta hizo que cultivara muchas amistades, no solamente en Paraguay, sino también internacionalmente. Así durante muchísimos años mantuvo amistad con aviadoras de la talla de Carola Lorenzini, Anesia Machado y Ada Rogato. Lastimosamente, las actividades aéreas de los pilotos civiles se vieron seriamente limitadas en la segunda mitad de los años 40 debido a la influencia militar, por lo que muchos dejaron de volar, entre ellos Berta Servián.

En 1950, Berta emigró a Buenos Aires, y dado que era una eximia modista, fue contratada por la casa “Virtus”. En Argentina, conoció a un paraguayo, Esteban Flores, que luego fue su compañero de vida por más de 40 años. Vivieron muchos años en aquel país y aunque Berta se había alejado de la actividad aeronáutica, su corazón y su alma permanecían siempre “en el aire”. Se dedicó de pleno a su trabajo, a su hogar y a su marido, aunque desafortunadamente no llegó a tener hijos.

Retornó al Paraguay y en 1980, motivada por el deseo de volver a volar, visitó la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), entrevistándose con el entonces director Coronel DEM Blas Marín Cantero. Éste la envió a un chequeo médico general, del cual salió “apta para volar”. A los 66 años de edad, Berta recibió el permiso oficial para realizar vuelos de readaptación.

...”No puedo expresar en palabras la emoción que sentí al tomar los mandos del Cessna 150 (7) y surcar nuevamente los aires, después de casi 35 años; para mí fue como la aurora de un nuevo amanecer”... rememoraba doña Berta.

En 1986, Berta publicó un pequeño libro titulado “La Mujer Paraguaya en la Aviación, en la Técnica, en la Ciencia, en el Arte y el Apostolado”, donde relata con lujo de detalles sus experiencias y anécdotas en la aviación civil.

En 1995, su compañero de vida emprendió el vuelo eterno y Berta, que no pudo soportar la soledad, fue a vivir con algunos parientes. Ese mismo año, una sobrina de Berta, Rossana Servián, se graduó como Piloto Aviador Civil y en homenaje a su tía, la promoción de ese año de la Escuela de Pilotaje de Cessna la tuvo como madrina. Berta fue invitada a la ceremonia de graduación, donde se le rindió un emotivo homenaje y se le entregó una placa recordatoria.

Berta Servián acumuló unas 892 horas de vuelo, que quizás en el ámbito aeronáutico no signifiquen mucho, pero para una mujer a fines de los años 30 y principios de los 40, y en una sociedad tan conservadora, fue todo un récord. Esas 892 horas están distribuidas de la siguiente manera: 11,40 horas en doble comando, 60,20 horas en adaptación, 328, 20 horas en práctica de ruta, 72,20 horas en acrobacia y finalmente 420 horas en vuelos del servicio expreso de pasajeros, correo y carga.

Berta Servián viuda de Flores falleció en Asunción el 21 de Mayo de 1996 a los 81 años de edad. En 1997, en su homenaje, la promoción de pilotos aviadores civiles del Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC) llevó su nombre. En 1999, por Resolución N° 95/99 del Consejo Directivo de la Dirección Nacional de Aeronáutica Civil (DINAC), se denominó Aeropuerto P.A.C. Berta Servián al aeródromo de la ciudad de Caazapá.


(*) Historiador Aeronáutico.
Trabajo de investigación histórica presentado en el 10° Congreso Internacional de Historia Aeronáutica y Espacial realizado en Río de Janeiro, Brasil en 2006.


Tipo de aeronaves mencionadas (#)
(1) (2) (3)
(4) (5) (6)
(7)

jueves, 12 de enero de 2012

Anecdotario Aeronáutico - 54. EL P.A.C. ELÍAS V. NAVARRO

Lic. Antonio Luis Sapienza Fracchia (*)

 Después de Silvio Pettirossi,  uno de los más grandes exponentes de la aviación paraguaya fue el piloto aviador civil Elías Navarro.

  Nació en Pilar el 13 de Febrero de 1906. Apasionado por la aviación desde temprana edad, no pudo prestar servicios en el Arma Aérea Paraguaya durante la Guerra del Chaco, pues había sido destinado a la rama de comunicaciones del Ejército, dadas sus excepcionales cualidades como radiotelegrafista. Una vez terminado el conflicto chaqueño y habilitado el Aeroclub del Paraguay, se inscribió para el primer curso de pilotaje, iniciando su aprendizaje el 3 de Octubre de 1936. Realizó su primer vuelo solo el 13 de Febrero de 1937 en un Morane-Saulnier M.S. 139 (1), obteniendo su brevet de piloto aviador civil de 3ª Categoría el 16 de Octubre de aquel año, después de haber totalizado 69 horas de vuelo.

  El 23 de Mayo de 1938, obtuvo su brevet de 2ª Categoría, luego de acumular unas 108 horas de vuelo en DeHavilland Gipsy Moth (2), Taylor Cub (3), Waco YKS-7 (4), Consolidated Fleet (5), Caudron Pelican y Luciole. Fueron sus instructores los Capitanes PAM Román García y Luis Escario, el Tte. PAM de Rva. Abdón Álvarez Albert y el Sgto. Nicolás Bó.  Cuando el Capitán Román García fue becado a Italia, Navarro fue nombrado asesor técnico del Aeroclub del Paraguay.
  
  En aquel año, la mencionada institución recibió sus primeras aeronaves nuevas, que habían sido adquiridas en Francia. Se trataban de cuatro biplanos biplazas de entrenamiento Caudron C-272 “Luciole” (6) y cuatro monoplanos de ala alta Caudron C-510 “Pelican” (7), cuatriplazas. El 11 de Junio de aquel año, se inauguró oficialmente el Aeródromo “Silvio Pettirossi” del Aeroclub del Paraguay y se llevó a cabo la recepción oficial de las aeronaves mencionadas, en un multitudinario acto, donde asistieron altas autoridades civiles y militares y el propio Presidente de la República, Dr. Félix Paiva.

  Con la formación de pilotos civiles y la disponibilidad de aeronaves, en junio de 1938  un grupo de pilotos del Aeroclub del Paraguay, dirigidos por el PAC Elías Navarro, dio nacimiento al primer servicio de taxi aéreo en nuestro país, que simplemente fue conocido con el nombre de “Servicio Expreso del Aeroclub del Paraguay”.
  
  Los servicios se iniciaron inmediatamente con los dos tipos de aeronaves. Los Luciole podían llevar solamente un pasajero o correo, mientras que los Pelican llevaban tres pasajeros o encomiendas y correo. En los primeros meses, fue el propio Elías Navarro el piloto de casi todos los vuelos, y luego fueron también otros colegas. Los vuelos expresos se realizaron a diversos puntos del país, fundamentalmente hacia las ciudades principales del interior, Encarnación, Villarrica, Concepción, Pilar, Pto. Casado, Pto. Pinasco, Fte. Olimpo, Bahía Negra, Pedro Juan Caballero, etc. No había ningún tipo de infraestructura aeronáutica en el país, salvo las pistas construidas por los militares en el Chaco y algunas en la Región Oriental, pero normalmente, estas aeronaves aterrizaban en campos semipreparados cerca de los centros poblacionales. Se volaba de día y con buen tiempo solamente. Si entraba algún frente de tormenta o caía la tardecita, se debía pernoctar en el lugar. En aquel entonces, se volaba visual y no existía en Paraguay ninguna ayuda a la navegación. Todos los vuelos salían y llegaban al Aeródromo “Silvio Pettirossi” del Aeroclub. El servicio era muy apreciado por la población, en especial cuando había urgencia de trasladarse a la capital o al interior, ya que la infraestructura caminera de aquella época era muy precaria y llegar a destino tomaba días.

  Paralelamente al “Servicio Expreso del Aeroclub del Paraguay”, el PAC Elías Navarro empezó a adquirir una serie de pequeños monomotores en 1940, en asociación con un piloto argentino, Gabriel Eduardo Ladouch. Juntos formaron lo que se denominó “Navarro Expreso Aéreo”, que tuvo oficinas en Asunción y en Bs.As. La primera aeronave fue un Breda 39 (14) que Navarro adquirió en asociación con Antonio Soljancic. Posteriormente, se incorporó el HL-1 (8) donado por el Brasil para su famoso raid de 1941. Además, Nicolás Bó les vendió su Waco YKS-7 y finalmente adquirieron también un Piper J5A (9), ambos en 1941. Con todas estas aeronaves, se realizaron vuelos expresos a cualquier punto del país, ya sea llevando pasajeros o pequeñas cargas. Las oficinas estaban ubicadas sobre la calle 14 de Mayo al 222 en Asunción, donde funcionaba la empresa “Navarro & Ladouch, Aviones Sanitarios y de Turismo”, que también tenía una oficina en Buenos Aires, sobre la calle Guise al 2016.

   En Octubre de 1940, Elías Navarro decidió participar de las conmemoraciones de la “Semana da Asa” en Río de Janeiro seguida por una “Revoada” en São Paulo, organizada por el aeroclub de dicha ciudad. Partió de Asunción con su Breda 39 en compañía con Claudelino Silva, llegando a Río de Janeiro, donde se encontraron con el Capitán Abdón Álvarez Albert del Arma Aérea Paraguaya. El evento en São Paulo estaba programado para el domingo 20 del mencionado mes, por lo que Navarro y Silva despegaron de Río el día 19. Debido a las malas condiciones climáticas, tuvieron que realizar un aterrizaje de emergencia en las proximidades del Monumento Rodoviário en la Serra das Araras, Estado de Río de Janeiro. La aeronave resultó con importantes daños, pero los tripulantes escaparon ilesos del accidente. Imposibilitado de participar en tal acontecimiento, el Presidente del Brasil, Dr. Getulio Vargas, que visitaba el evento y enterado de lo sucedido, obsequió un monoplano HL-1 de fabricación brasilera al piloto paraguayo, quien agradeció el gesto, bautizando la aeronave con el nombre del Presidente mencionado. Esta aeronave poseía la matrícula brasilera PP-PHL, que luego fue cambiada a ZP-PHL.

  El HL-1 era un monoplano de ala alta, biplaza en tandem, construido en madera, siendo la cobertura externa en contraplaca de madera y tela pintada, disponiendo de doble comando. Su techo máximo era de 4.000 metros de altura y su autonomía era de 350 kilómetros. Estaba impulsado por un motor Continental A-65 de 4 cilindros de 65 HP con una hélice bipala de madera. Podía desarrollar una velocidad de 150 kph.

  En Mayo de 1941, Navarro decidió realizar un raid sin escalas entre Río de Janeiro y Buenos Aires. Para tal efecto, mandó instalar un gran tanque de combustible adicional dentro de la cabina para aumentar al máximo su autonomía de vuelo y así poder cubrir los 2.400 kilómetros que separaban a ambas ciudades mencionadas.

  El 19 de Mayo, Navarro despegó del Aeropuerto Santos Dumont en Río de Janeiro con su pequeño HL-1 y tras exactamente 20 horas de vuelo sin escalas, sorteando bajas temperaturas, tormentas eléctricas y un gran cansancio, aterrizó en el Aeropuerto Presidente Rivadavia de Morón, Provincia de Buenos Aires, todo un récord para la época. Le fue otorgado el Gran Premio de la Aviación Civil Argentina, que hasta entonces pocos habían recibido, como el francés Jean Mermoz, los argentinos Ángel María Zuloaga y el Cnel. Parodi, y el peruano Reboredo. No contento con la hazaña lograda, el 26 de Mayo voló de Buenos Aires a Montevideo; Dos días después, viajó a Rosario, Argentina y el 29 cubrió la ruta Rosario-Asunción sin escalas, en compañía de la aviadora argentina Carola Lorenzini, quien piloteaba un Focke Wulf Fw44J (10), aterrizando ambos en el Aeroclub del Paraguay en Campo Grande. Una gran multitud se agolpó en Ñu-Guazú para recibirlos.

 Debido a su espíritu inquieto, Navarro no se durmió en sus laureles y decidió realizar otro vuelo de largo aliento, esta vez uniendo Asunción con Río de Janeiro. Despegó de Ñu-Guazú el 15 de Junio de 1941 y luego de casi 19 horas, llegó a Río sin hacer escalas. La fama de Navarro traspasó las fronteras y era el aviador paraguayo más reconocido. Esto empezó a molestar a los estamentos castrenses en Paraguay, en especial al Mayor PAM Pablo Stagni, quien se había hecho cargo de la Comandancia del Arma Aérea Paraguaya. El mencionado oficial era conocido en los círculos aeronáuticos paraguayos como una persona de tendencias nazifacistas. Los pilotos civiles no vieron con buenos ojos su nombramiento porque el mencionado personaje había manifestado muchas veces que los militares debían encargarse de todos los servicios aéreos, inclusive los comerciales.

  Los temores de los miembros del Aeroclub del Paraguay se hicieron realidad en 1943, cuando bajo el pretexto de la ampliación de la Base Aérea de Campo Grande, el Mayor Stagni se apoderó del Aeródromo Silvio Pettirossi, y desconoció la existencia jurídica del Aeroclub del Paraguay. Mandó demoler los hangares de dicha institución y se apoderó de toda la flota de aeronaves del Servicio Expreso. Persiguió a los pilotos civiles y no les permitió volar ningún tipo de aeronaves. En algunos casos, la persecución llegó más lejos, como lo fue con Elías Navarro, que fue obligado a abandonar el país. Navarro se vio forzado a emigrar a Argentina en 1946, donde continuó brillantemente su profesión de piloto civil. Logró llevar a la Argentina tres de sus aeronaves: el Piper J5A, el HL-1 y el Waco YKS-7, las que recibieron matrícula de aquel país. Posteriormente, adquirió un par de Erco 415C Ercoupe (11), un Beech Bonanza (12) y un Lockheed CL-402/2 (13) en el vecino país.  

  Cuando surgió el proyecto de Lowell Yerex de crear una aerolínea subsidiaria en Paraguay en 1944 con el nombre de Aerovías Paraguayas, se mencionó el nombre de Elías Navarro entre los pilotos paraguayos que iban a ser contratados por la empresa, pero por la injerencia de los militares, nunca llegó a concretarse.

  Se estableció en Corrientes, muy cerca de su patria. En 1948, Elías Navarro junto a Leandro Andreau y J. Liva dieron un gran impulso desde el Aero Club Corrientes para la formación de Líneas Aéreas Correntinas (LAC), uniendo la cuenca correntina del Río Paraná con la cuenca del Río Uruguay.

  Elías Navarro, ya desaparecido físicamente, fue un verdadero héroe y pionero de la aviación civil paraguaya. Prácticamente olvidado, no se le ha rendido ningún homenaje que perpetúe su memoria, a excepción de haberse denominado una promoción de egresados del Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC) con su nombre en los años 90. Esta figura excepcional de nuestra aviación merece como mínimo un monumento, una calle y hasta un aeropuerto...

(*) Historiador Aeronáutico.
Trabajo de investigación histórica presentado en el 10° Congreso Internacional de Historia Aeronáutica y Espacial realizado en Río de Janeiro, Brasil en 2006.


Tipo de aeronaves mencionadas (#)
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jueves, 8 de diciembre de 2011

Anecdotario Aeronáutico - 53. MEMORIAS DE UN ALMIRANTE AVIADOR

Lic. Antonio Luis Sapienza Fracchia (*)

    Allá por el año 1987 ocurrió un hecho que me empezaría a vincular con la Aviación Naval Paraguaya. Aún no había comprado mi primer auto ni mis hijos habían nacido, así que mi señora y yo nos manejábamos con el transporte público. Habíamos recibido una invitación de cumpleaños (ya no recuerdo de quien), cuya fiesta se haría en el Club Deportivo Sajonia. Tomamos un ómnibus de la línea 21, que estaba lleno, por lo que tuvimos que hacer todo el viaje desde el centro hasta el club de pie. Este hecho fortuito favoreció enormemente lo que voy a contar a continuación.

  Estando ya próximo al Sajonia, nos dispusimos con mi señora a desplazarnos hacia la puerta posterior del ómnibus, cuando mirando a través de las ventanillas, diviso por algunos segundos, un hidroavión en el predio de la Aviación Naval (cuya base está al lado mismo del Club Sajonia, para aquellos que no conocen). Ahora pienso que si hubiese estado sentado, jamás hubiera visto dicha aeronave. Inmediatamente le dije a mi señora,

...bajémonos aquí; Vi algo interesante...,

a lo que ella replicó,

....¿que?, ¿que viste?...,

contestándole,

....después te cuento...,

y nos bajamos (total, estábamos cerca del Sajonia).

...Vi un hidroavión que jamás había visto..., le comenté.

Y efectivamente, era un hidroavión que lucía como un Stearman(6) y del que no tenía el más mínimo dato. En aquel entonces, sólo hacía unos años que había empezado mis investigaciones históricas y desconocía muchísimas cosas de nuestra historia aeronáutica. Es más, de la Aviación Naval sólo tenía conocimiento de lo que había leído de su participación en la Guerra del Chaco.

  Era 1987, todavía bajo el gobierno del Gral. Stroessner, un civil no podía así nomás visitar una base militar, a no ser que tuviera algún amigo militar, así que ni me animé a acercarme mucho al lugar, pero la visión de aquel hidroavión me quedó revoloteando en la mente por semanas.

  En aquel año, me desempeñaba como profesor de inglés de un colegio capitalino y como siempre tengo la buena (o mala) costumbre de comentar entre mis alumnos sobre mi aficción a la aviación, un estudiante de 5° grado alzó la mano y me dijo que conocía a un aviador,

...¡Que bien!... contesté, agregando, ...en el recreo hablamos.

  Efectivamente, el padre del chico era muy amigo de un aviador naval y mi amable alumnito me hizo de enlace. Su padre me envió el número de teléfono y el nombre del aviador: Capitán de Navío José R. Ocampos, Aviación Naval. Era nada menos que el Comandante de la Aviación Naval Paraguaya en aquella época, y que mejor persona que él para brindarme datos sobre el hidroavión que había visto.

  Ese mismo día, agarré el teléfono y llamé al Capitán Ocampos. No pensé que me atendería, pero dije en la guardia que lo llamaba de parte del Señor Fulano de Tal (ya no recuerdo su nombre) y sorprendentemente me atendió enseguida. Me presenté diciéndole que estaba recopilando datos para publicar un libro y que había visto el hidroavión en el patio de la base aeronaval, solicitándole si era tan amable de recibirme cuando él lo considerase oportuno. Dentro de mi me decía, ....no te hagas de muchas esperanzas pues es milico y como todo milico, te va a poner alguna excusa...; Pues bien, no sólo no puso ninguna excusa, sino accedió a recibirme y a que pudiera sacar todas las fotos que quisiese. Me parecía increíble lo que me había sucedido, pero era el preludio de un excelente relacionamiento con este oficial naval.

  Me presenté en la Base Aeronaval de Sajonia un día bien temprano a la mañana, alrededor de las 7:30 a.m. y los efectivos de la guardia me hicieron pasar enseguida. Un oficial naval me acompañaba y al ir cruzando el patio central de la base, me topé con el hidroavión que había visto semanas antes, y además con un par de N.A. T-6(1). El Capitán de Navío José Ocampos me esperaba sentado en un quincho. Me presenté y se sorprendió de mi juventud (tenía 27 años), esperando quizás un viejito de 70 u 80 años, pues se tiene el concepto que los recopiladores e historiadores están más cerca de la historia que de la vida. Bueno, enseguida entablamos una buena amistad y se mostró muy interesado en mi proyecto. Me dijo que las puertas de la Aviación Naval estaban abiertas para lo que necesitara y que él con muchísimo gusto me proporcionaría fotos y datos de todo lo relacionado a su arma. En aquella ocasión, también me presentó a un Teniente de Fragata (si mal no recuerdo) Benigno Antonio Téllez, quien en los años 90 (ya como Capitán de Navío) sería también Comandante de la Aviación Naval.

  Inmediatamente después de una larga charla (habrá durado hora u hora y media), nos dispusimos a ver las aeronaves que estaban expuestas en el patio de la base. Y allí empezó el bombardeo de preguntas sobre el hidroavión, del cual no sabía absolutamente nada. Me contó que era un sobreviviente de los dos donados por los Estados Unidos en los años 40 por el Sistema de Préstamos y Arriendos (Lend-Lease Program), que habían participado en la Revolución de 1947, luchando a favor de los revolucionarios de Concepción y que luego de dicho conflicto, siguieron prestando servicio en la Aviación Naval por décadas. Me comentó inclusive que dicho ejemplar todavía volaba a principios de los años 80 y que él lo había volado muchas veces. En realidad no era un Stearman como había pensado en un principio, pero un Naval Aircraft Factory N3N-3(2), que lucía un esquema de pintura camuflada en dos tonos verdes, con bordes alares de color naranja, al igual que el cowling del motor, indicación de aeronave de entrenamiento, al igual que los dos T-6 que estaban allí.

  Saqué una gran cantidad de fotografías con mi cámara Pentax MX de 35 mm., e inclusive me permitió trepar a la cabina y sacarme fotos allí. El Capitán Ocampos habrá sentido mi intensa pasión por la aeronáutica y realmente disfrutaba de nuestra conversación. También le había sacado fotos a los T-6, que habían sido donados por la Aviación Naval Argentina en los años 70, pero ya estaban fuera de servicio. Alrededor de las 11 de la mañana, este correcto oficial se excusó diciéndome que tenía otros compromisos y que lo llamara más adelante para seguir charlando, diciéndome que tenía algunas fotos que quería mostrarme.

  Le agradecí profundamente su tiempo y salí emocionado de la base. Poco tiempo después, mi buen amigo americano, Daniel Hagedorn, con quien tuve el placer de publicar el libro Aircraft of the Chaco War, 1928-1935 (Schiffer, 1996) en co-autoría, me proporcionó más datos sobre los N3N-3 de la ANP.

  Durante 1987 y 1988, visité al Capitán Ocampos varias veces, compartiendo largar charlas aeronáuticas y de paso reproduciendo fotografías aeronavales de su archivo con mi cámara y tomando innumerables apuntes sobre sus historias navales. Este oficial había egresado del entonces Colegio Militar “Mariscal Francisco Solano López” el 15 de Diciembre de 1961 como Guardiamarina Naval Combatiente. Se hizo aviador naval, llegando a volar en casi todos los aviones y helicópteros de la dotación de la ANP.

  Recuerdo que en el Banco Montaner (distrito de Villa Hayes) y frente al Club Sajonia y de la zona naval, en el Río Paraguay, la ANP tenía una pista de aterrizaje no pavimentada, desde la cual operaban todos sus aviones. Sólo en época de creciente del río, las aeronaves eran retiradas de allí y se estacionaban en el Aeropuerto Internacional de Asunción. Hasta los años 60, la ANP tuvo en servicio aeronaves anfibias que cumplían vuelos regulares dentro del Servicio Aeronaval. Los pasajeros abordaban los anfibios en la Base Aeronaval de Sajonia. Cuando estas aeronaves fueron reemplazadas por los Cessna U206(3), éstos operaban desde el banco mencionado y los pasajeros debían cruzar el río por medio de una embarcación proveída por la Marina. No era muy confortable que digamos, pero como era un servicio barato, la gente lo utilizaba.

  En una ocasión, a mediados de los años 60, la ANP disponía de tres aeronaves de entrenamiento básico Vultee BT-13(4) que habían sido donadas por la Aviación Naval Argentina. El entonces Teniente de Corbeta José Ocampos se disponía a realizar un vuelo de entrenamiento de rutina en uno de los Vultee, que estaba en la pista del mencionado banco. Puso en marcha el motor, ajustó sus cinturones y se dispuso a despegar. El despegue fue normal, pero apenas empezó a tomar altura, tuvo una falla en el motor; Regresar a la pista era imposible, por lo que su única alternativa era tirarse al río. Como sabía que el acuatizaje no iba a ser muy suave, el Tte. Ocampos tuvo la precaución de abrir la cabina y se dispuso a descender. El Vultee es una aeronave de tren de aterrizaje fijo, por lo que al tocar la superficie del agua, tuvo un capotaje central; El aparato quedó “panza para arriba” y su único tripulante atrapado en la cabina. Según me relató el propio protagonista de esta historia, no perdió el conocimiento pues de haberlo hecho, hubiese sido fatal. Inmediatamente después del capotaje, intentó desabrocharse los cinturones para poder salir de debajo de la aeronave, pero no podía hacerlo; los cinturones estaban trabados; En ese momento pensó que le había llegado el final. Desde la base aeronaval, al presenciar el accidente, enseguida se activó un plan de emergencia y una lancha con varios marineros, buzos y oficiales se desplazó al lugar para rescatar al piloto. Ya cuando le quedaban pocos segundos de oxígeno, el Tte. Ocampos recordó en la desesperación que tenía un cuchillo de cazador en un estuche del cinto, e inmediatamente lo tomó, cortó los cinturones y pudo salir de la cabina, buceando hasta la superficie. Hay que aclarar, para aquellos que no conocen el Río Paraguay, que el mismo no es cristalino y que a pocos metros de profundidad, hay una casi oscuridad total, por lo que literalmente se bucea a ciegas. El Tte. Ocampos fue rescatado ileso por el personal naval.

  Este oficial tuvo una larga carrera en la Armada Nacional. Fue Comandante de la Aviación Naval desde el 28 de Diciembre de 1981 hasta el 19 de Diciembre de 1990. En 1989, cuando se produjo el golpe de estado que derrocó al Gral. Stroessner, tripuló uno de los Esquilos(5) artillados de la ANP (el otro lo tripuló el Tte. Nav. Benigno A. Téllez) durante la noche del 2 al 3 de Febrero, pero no llegó a abrir fuego contra el edificio del Estado Mayor del Ejército, donde se había refugiado el dictador con algunos allegados. En años posteriores pasó a ser Comandante de la Flota de Guerra de la Armada, volvió nuevamente a la Comandancia de la ANP entre el 31 de Marzo de 1995 hasta el 6 de Mayo de 1996 y llegó finalmente al rango militar más alto de la Marina, siendo nombrado Almirante. Fue también Comandante de la Armada Nacional y posteriormente Ministro de Defensa Nacional durante el gobierno del Presidente Luis González Macchi. Fue su último cargo antes de retirarse a la vida privada, al renunciar por no estar de acuerdo con muchas decisiones tomadas por aquel gobierno.

  Siempre recordaré al Almirante Ocampos como un excelente oficial naval, correcto, educado, muy abierto e institucionalista.

 (*) Historiador Aeronáutico.

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domingo, 13 de noviembre de 2011

Anecdotario Aeronáutico - 52. LOS PÁJAROS DEL TRUENO

Lic. Antonio Luis Sapienza Fracchia (*)

  Corría el año de 1973, año que justamente iniciaba mi educación media en el Colegio de Cristo Rey. Como todo chico que ingresaba a la secundaria, tenía que adaptarme al nuevo sistema de tener un profesor para cada materia y ya no más la única maestra de los años anteriores. Me acuerdo que la materia más temida era aritmética, pues nuestra profesora era sumamente estricta y no perdonaba nada, pero eso es otra historia.

  Lo cierto es que un día, ya no recuerdo exactamente la fecha, se anunció en la prensa escrita que el famoso equipo acrobático norteamericano, los Thunderbirds, haría una presentación en Paraguay.  Me embargó la emoción, y por supuesto me preparé para asistir a dicho espectáculo aéreo, que tendría lugar en el Aeropuerto Internacional de Asunción.

  El equipo acrobático “Thunderbirds” de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos (USAF) fue oficialmente creado el 25 de mayo de 1953 y activado el 1° de Junio de aquel año, con el propósito de ofrecer espectáculos aéreos no solamente en su país de origen sino alrededor de todo el mundo, como embajadores de paz y buena voluntad. El equipo contó inicialmente con los cazas Republic F-84G Thunderjet(1), pintados con los característicos colores rojo, blanco y azul en los detalles sobre un esquema de metal natural.  En 1955, el equipo recibió los cazas Republic F-84F Thunderstreak, una versión mejorada del F-84G con ala en flecha, pero para junio de 1956 fueron reemplazados por los cazas supersónicos North American F-100C Super Sabres(2). En 1959, los F-100C fueron reemplazados por los F-100D que tenían equipo de aprovisionamiento aéreo de combustible, necesario para las giras intercontinentales.

  A partir de enero de 1954, empezaron a realizar giras fuera de los Estados Unidos, visitando el continente americano en tres oportunidades antes de la primera visita a Paraguay, que se realizó en 1962, con los F-100D Super Sabres.  Yo tenía solamente dos años de edad en aquel entonces y aunque ya había manifestado mis primeras inclinaciones hacia la aviación, todavía no tuve el privilegio de ver este show aéreo. Entre el 29 de Abril y el 9 de Mayo de 1964, los Thunderbirds dejaron los Super Sabres para pasar a operar los Republic F-105B Thunderchief(3). Un accidente que afortunadamente no fue fatal causó la baja de los F-105B en este equipo acrobático, que volvió a los F-100D Super Sabres.

  El 4 de Julio de 1969, los Thunderbirds recibieron los famosos McDonnell Douglas F-4E Phantom II(4), quizás el modelo más emblemático de este equipo acrobático, y que podía volar a más de dos veces de la velocidad del sonido. A partir de la utilización de este modelo, todas las aeronaves de este equipo acrobático fueron pintadas en blanco como color básico, con los detalles en rojo, blanco y azul.  La demostración de 1973 en Paraguay fue la segunda y se caracterizó por la enorme cantidad de personas que se agolparon en el Aeropuerto Internacional de Asunción. Fue tan grande la multitud, que se tuvo de habilitar los terrenos paralelos a la pista para albergar a más gente. El público iba como podía, en auto, en ómnibus, e inclusive en camiones de carga; Todo era válido para ir a ver uno de los mayores espectáculos aéreos del mundo.

  Recuerdo que tenía 13 años en 1973 y el día de la presentación, 12 de Septiembre, fue declarado asueto por el gobierno (era un día entre semana), para que el público en general pudiera asistir. Tomé el ómnibus de la línea 30 (Aeropuerto) pero a la altura de la avenida Madame Lynch, la cola de vehículos que trataban de ir al aeropuerto era larguísima y el tráfico estaba totalmente paralizado. Muchos decidimos bajar del bus y caminar, pues llegaríamos más rápido y a tiempo para el inicio del espectáculo. Habré caminado un par de kilómetros cuando un camión de carga paró delante nuestro y con el permiso del chofer, subimos a la carrocería. Se metió en la calle que conducía a la entonces base de la Caballería, llegando a los terrenos paralelos a la pista 02/20 del Aeropuerto por un camino muy precario; De todas maneras, la intención era llegar, y lo hicimos.

  Estuve en una posición inmejorable, en primera fila, teniendo la mencionada pista frente mío. A pesar de estar parado (jamás importó) y con un sol radiante (el día estaba inmejorable), disfruté cada segundo del show. Los F-4E eran cazabombarderos sumamente ruidosos y cuando encendieron los motores, el ruido nos sorprendió a todos. Lentamente, los  cinco Phantom  enfilaron a la pista y sin ninguna transición, despegaron en perfecta formación. Las acrobacias se sucedieron una detrás de la otra, sin descanso y en más de una oportunidad, me pegaba un sobresalto cuando uno de los F-4E pasaba rasante sobre nosotros.

  Por primera vez experimenté el rompimiento de la barrera del sonido. Para un chico de 13 años, totalmente embargado por la emoción (por no decir otra palabra), era algo indescriptible. Era emocionante ver cómo pasaban los Phantom silenciosamente delante del público y segundo después, se escuchaba el estallido sónico del rompimiento de la barrera del sonido. Después me enteré que muchos cristales de Asunción y alrededores se rompieron “gracias” a dicho evento. El Phantom, que se hiciera famoso en la Guerra de Vietnam primero en los años 60 y luego en la Guerra del Yom Kippur de 1973, era un enorme cazabombardero, macizo y muy bien armado, pudiendo llevar hasta 4 misiles Sidewinder y 4 Sparrow en su configuración de caza, y muchísimas toneladas de bombas en como bombardero. Obviamente, los F-4E de los Thunderbirds no llevaban ningún tipo de armamento (lo que técnicamente se denomina configuración “limpia”, que lo hacían más aerodinámicos).

  Muchísimos años quedaría en mi memoria (y es por eso que la incluyo aquí como anécdota) dicho show aéreo, ya que en Paraguay no estábamos acostumbrados a ver aeronaves de combate supersónicas. Nuestro país tuvo también un equipo acrobático, el célebre “Ará-Sunú” (El sonido del trueno), que utilizaba los entrenadores avanzados North American T-6G Texan(5) con vistosos colores, que realizaron numerosas exhibiciones aéreas durante los años 70.

  Debido a la crisis petrolera de 1973, los Thunderbirds dejaron los famosos Phantom el 10 de Noviembre de aquel año para adoptar los Northrop T-38 Talon(6), que también eran supersónicos. Los Talon fueron substituidos por los célebres General Dynamics F-16A Fighting Falcon(7) el 2 de Abril de 1983. En 1992, el equipo substituyó los F-16A originales por los Northrop-Martin F-16C/D, que continúan en servicio hasta la fecha.

  Luego de un periodo de casi 20 años, los Thunderbirds volvieron a presentarse en Paraguay el lunes 2  de Noviembre de 1992 con los F-16C, exhibición a la que no pude asistir por motivos laborales.

 (*) Historiador Aeronáutico.

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sábado, 14 de mayo de 2011

Anecdotario Aeronáutico - 51. UN VUELO TRANSANDINO (2da. Parte)

P.A.C. José Zubizarreta (*)

Continuación de la primera parte: 51. UN VUELO TRANSANDINO (1era. Parte)

Apelo a todos los recursos lícitos de persuasión pero en vano. Se me informa cortésmente que debo apelar a Lima y, si tengo suerte, sólo perderé algunas horas. Me resigno a que sean dañados severamente aspectos muy importantes de la planificación de mi vuelo. No es lo mismo atravesar la  cordillera por la parte más ancha con turbulencia creciente, rumbo a un destino lejano, con mínimo instrumental en la cabina y cuando las condiciones visuales exigidas por la escasez de instrumental son substituidas por la obligación de volar de noche, que empezar el vuelo a las siete de la mañana, con todo un largo y protector día por delante.

  La demora me condena a sufrir mayor turbulencia en el peor lugar y a encarar como secuela final un vuelo nocturno con sólo una brújula como instrumento de navegación y un Turn and Bank para mantener las alas niveladas en caso que no fueran suficientes mis sentidos.

  Por fin, después de tres horas de espera –y salvada la soberanía- obtengo autorización para partir. Después de brevísima reflexión, estimulado por el deseo de no perder las condiciones meteorológicas favorables, decido no demorar hasta el día siguiente el comienzo del vuelo. En mi pensamiento de despedida me veo volando un avión capaz de sobrevolar todos los gobiernos intermedios entre el punto de salida y el de llegada.

  A las 10:45 horas digo adiós a Arequipa. Despego y coloco el avión en una actitud de ascenso que no se interrumpirá hasta alcanzar el nivel de vuelo elegido: 17.500 pies. Llevo 3.500 libras de peso bruto.

  Esta última y más comprometida etapa del viaje puede dividirse en cuatro partes claramente definidas: la primera, el trayecto hacia el paso de Charaña hasta franquear el macizo occidental de los Andes; luego el sobrevuelo del Altiplano, con decidido rumbo a Asunción; después superar la muralla oriental de la cordillera y, por último, la llanura chaqueña hasta cruzar el Río Paraguay en cuya margen izquierda se halla Asunción, a má de mil millas náuticas de distancia. Cada una de ellas desarrolla su dramatismo en un escenario de peculiar topografía e incluso sus riesgos son diferentes.

  Al iniciar la primera, el avión asciende con dificultad creciente hasta alcanzar la altura necesaria para franquear el macizo occidental a distancia no muy segura de la rugosa piel de la montaña. El vuelo se realiza en dirección algo sesgada a la línea de picos nevados que se debe transponer. Debo mantener este rumbo hasta alcanzar el volcán Tacora, torcer enseguida a la izquierda y franquear en ese lugar la cadena de altísimas cimas que encierran por occidente la elevada meseta andina.

  Las ciento cincuenta millas náuticas de este primer tramo de la ruta extienden bajo las alas del avión un suelo extraordinariamente accidentado. Aquí, mi ansiedad mide de continuo las insignificantes superficies llanas de la escabrosa serranía y el vértigo mental me precipita a adelantar con la imaginación el procedimiento de un aterrizaje forzoso cuyo resultado final interrumpo con un acto de voluntad y la ayuda de la  modificación del paisaje.

  Se acerca el momento de encarar el cruce de la muralla occidental más alta de los Andes. Hasta llegar a esa altísima muralla vuelo sobre sierras sin vegetación de más de 12.000 pies de altura. Por suerte he identificado el pico nevado cuya enorme mole debo contornear cerca de su cima para alcanzar el altiplano. Entre el volcán Tacora y el avión se erizan hileras de picachos de nivel ascendente con cimas filosas como cuchillos y laderas cada vez más escarpadas que forman una peligrosa barrera. Desde aquí, no valen cálculos sobre posibilidades alternas ante una falla del motor. El vuelo asume durante las cincuenta millas finales del recorrido hasta el paso de Charaña, un carácter de todo o nada.

  Debo confesar que experimento buena dosis de angustia al volar sobre lugares semejantes, pero lo anormal y peligroso no es sufrirla, sino padecerla en forma descontrolada.

  El avión asciende con reducción evidente de su potencia hasta alcanzar el nivel elegido. En ese momento el acelerador esta puesto a fondo y la manecilla del instrumento que indica la presión en el múltiple de admisión ha descendido hasta el límite inferior del arco verde del indicador; Las revoluciones del motor están al máximo de crucero recomendado y el velocímetro indica 78 nudos. En aquellos tiempos los motores de los aviones pequeños no estaban turbo alimentados.

  La dirección del viento, había dejado el lado de sotavento de la montaña en el lugar que da acceso al paso. En ese lado, las rachas descendientes de aire son siempre más fuertes que las del lado de barlovento. Allí, sufro la primera de ellas y mi aeronave cae casi dos mil pies en contados segundos. En vano intento detener la caída aumentando al máximo las revoluciones del motor y ampliando el ángulo de ataque de las alas del avión. Me quedo momentáneamente sin viento relativo y la chicharra de alarma suena para indicar la proximidad de la pérdida completa de sustentación. Empujo suavemente hacia delante el bastón de mando, sigo descendiendo hasta que la racha cesa y comienzo a elevarme vertiginosamente hasta recuperar la altura perdida.

  Suponía que estas rachas no llegan al suelo o el avión las supera antes de que ello ocurra. El peligro consiste en los obstáculos montañosos que el avión puede encontrar enfrente antes de recuperar la altura perdida. Felizmente, me encuentro ya dentro del umbral de entrada del altiplano, a buena altura y con suficiente espacio de maniobra. Antes de alcanzar los 10.000 pies me había ajustado a la cara la máscara de oxígeno. Algunas personas demuestran gran capacidad para volar sin oxígeno extra, a niveles superiores pero esa demostración puede ser peligrosa. Desde aquella altura en adelante se puede sufrir las consecuencias de la hipoxia.  Los síntomas –dice el manual- incluyen “manifestaciones que van desde una incapacidad general inespecífica de nuestra condición física y mental, hasta el desvanecimiento y la muerte”.

  Recuerdo haberla sufrido una vez sobre territorio venezolano en vuelo a los Estados Unidos. Volaba a una altura indicada de 11.500 pies, la cual corregida de presión y temperatura con seguridad era mayor. El síntoma que advirtió el padecimiento fue no poder precisar, en cierto momento, el para qué de los cálculos que realizaba con el computador. 

  Al alcanzar la meseta, esperaba hallar algún descanso al agitado vuelo que realizaba. Lejos de ello, la turbulencia iba en aumento. No puedo separar las manos del bastón de mando. Desciendo y vuelvo a descender cientos de pies sin que mi intervención pueda alterar ese pronunciado movimiento oscilatorio. Al menos, a cada racha descendente sigue con puntualidad otra ascendente que me restituye a mi nivel primitivo. La turbulencia impone sobre la estructura del avión cargas cuya severidad solo puedo medir con las sensaciones de mi propio cuerpo. La chicharra de alarma suena con intermitencias menos frecuentes que las deseables y yo respondo prestamente empujando el bastón de mando. Al fin acabo por acostumbrarme a esta molesta circunstancia del viaje. El avión se comporta magníficamente.

  He dejado atrás el paso de Charaña y vuelo sobre el sitio preciso en donde mi ruta se bifurca. Aquí debo tomar una decisión: o continúo al este cruzando la meseta por su parte más estrecha para descender al oriente antes de llegar a Santa Cruz para aterrizar y pernoctar allí o adopto la decisión más comprometida de unir a través de una ruta desconocida y desértica, dos ciudades cuya vinculación está sólo reservada a los aviones de línea. No era momento para titubeos y, además, ¡vaya a saber cómo y donde encuentro el mal tiempo reportado en Sta. Cruz!.

  Inclino a la derecha las alas del avión hasta agregar 50° más a mi rumbo que ahora apunta a la lejana Asunción. Paulatinamente, la ruta va descubriendo sus secretos. Las referencias geográficas son tan claras que es muy fácil identificar, sin equivocaciones los puntos del recorrido. Estoy empeñado en la tarea –que la turbulencia hace por demás incómoda- de recoger los datos que me permitan precisar la velocidad del avión sobre el suelo. La temperatura del aire exterior es de 5° bajo cero. Con la ayuda del computador y una trayectoria controlada de 55 millas náuticas entre dos elevaciones identificadas descubro una velocidad sobre el suelo de 122 nudos y una leve deriva a la izquierda. Su magnitud, relacionada con los datos previamente establecidos revela la existencia de un viento que sopla desde los 290° con una intensidad de 21 nudos. Ha sido un descubrimiento reconfortante.

  El vuelo tiene lugar ahora sobre vastos espacios abiertos. Lejos aún, alcanzo a distinguir los límites del salar de Uyuni. Cuando me acerco a su periferia puedo observar su aspecto parecido a un inmenso lago de color marrón muy claro de cuya inmóvil superficie emergen pequeñas y obscuras islas montañosas.

  Mi derrota me aproxima al salar orillando su límite este. La turbulencia ha disminuido debido al menor efecto perturbador de las montañas distantes. La angustia presente cuando vuelo sobre ellas ha desaparecido y sólo lo que resta del desplazamiento agitado del aire me impide gozar plenamente del paisaje.

  A pesar de llevar mayor velocidad de la prevista, el escenario varía con lentitud mortificante. No recuerdo la hora exacta en que alcancé el pequeño pueblo de Uyuni, situado a un poco más allá de la extremidad sur del salar del mismo nombre. Enseguida, el terreno se torna nuevamente muy escabroso. Llega la hora de abandonar la relativa seguridad del altiplano y arriesgarme otra vez sobre arrugada conformación serrana que asciende lentamente hasta la muralla oriental más alta de la cordillera.

  La localidad de Cerdas, ha sido la última referencia precisamente establecida. Después de ella con la turbulencia en renovado vigor, la creciente complejidad topográfica convertía el paisaje en un mosaico indiscernible de colosales proporciones. El Monte Sagrario, cuya elevada cima destaca en un fondo azul, me sirve de única referencia desde que pude identificarlo hasta que también se pierde detrás de mi.

  Sólo la brújula dirige ahora mi derrota sobre quebradas y picos de amedrentadora conformación. Enfrente, sucesivas cadenas de montañas en paulatino ascenso, se extienden hasta la línea del horizonte.

  Ya no pretendo identificar accidentes geográficos. Pienso que estoy acercándome al murallón oriental más alto del macizo andino pero no puedo descubrir sobre el terreno el lugar por donde debo franquearlo. Repentinamente, sin que haya podido identificar la sensación que la motiva, una vivencia súbita se apodera de mi ser para reforzar mi angustia y aumentar mi preocupación. Hasta ese momento me sentía volando lejos de la presencia atemorizante de la noche, pero de pronto, promediando la tarde, de improviso, siento estar deslizándome a toda prisa por el tobogán de los últimos minutos de luz. Parecía –dicho con perdón del autor de la filosofía crítica- que el tiempo subjetivo se hubiera retardado con respecto al tiempo real y de pronto, disparada por el estímulo de alguna sensación no reconocida,  en un instante hubiera adelantado sus agujas para alertarme sobre la próxima llegada de la noche. Antes no contaba el tiempo, ahora es un nuevo factor de inquietud.

  La demora que sufrió mi partida y el deseo de no extenderla demasiado, me impidió reacomodar los cálculos. Si bien el promedio de velocidad, hasta cierto momento había sido excelente, desde hace mucho tiempo no puedo realizar nuevas comprobaciones por la imposibilidad de identificar referencias geográficas. El espectáculo ante mi vista es, no sólo sobrecogedor, sino también –si se me permite la expresión- indiscernible. No alcanzo a identificar en el mapa nada de la realidad ofrecida ante mis ojos.

  Tenía la impresión equivocada de haber empleado un tiempo excesivo en la búsqueda sobre el terreno del mejor acceso señalado en la carta geográfica y esa falta de correspondencia entre la realidad y su representación cartográfica crea cierta indeterminación en mi conducta. No puedo saber si la última línea de montañas que alcanzo a ver en el horizonte, constituye el límite de la barrera oriental de la cordillera, transpuesta la cual el coloso va perdiendo altura hasta desaparecer en la selvática llanura chaqueña.

  La incertidumbre ha enervado mi capacidad de tomar decisiones y mientras dura este estado, mi aeronave adopta un rumbo errático, reflejo de mi ánimo indeciso. Temo alcanzar esa línea pasado el “tiempo de no retorno” con relación a la luz del día. Comprendo que estoy también bajo la influencia de resistencias originadas en la aprehensión que me causa el casi seguro hallazgo de formaciones nubosas cerradas cubriendo las estribaciones de la cordillera. Sería peligroso tolerar por más tiempo esta indeterminación; o regreso inmediatamente para aterrizar y pernoctar en Cerdas a 13.000 pies de altura y ya fuera de los límites del altiplano, con consecuencias de todo orden imposibles de prever (sobre todo las burocráticas) o continúo decididamente hacia delante.

  Sin titubeos reasumo el rumbo esencial correcto y antes de lo previsto alcanzo el borde más alto y afilado del macizo oriental de los Andes cuyas cimas se alzan hasta muy cerca del avión. Del otro lado, como un campo nevado de extensión ilimitada, una apretada masa de nubes cubre los agresivos picos de la montaña.

  Como un instintivo movimiento de defensa, realizo un brusco viraje a la derecha hasta colocar el avión en un rumbo paralelo a la inclemente formación nubosa. Esto significa soslayar el enfrentamiento, volando hacia el sur, sobre el filo más alto de la montaña, en busca del cielo despejado que el viento sur promete.

  En segundos me repongo para superar, otra vez, una reacción instintiva y desecho esta absurda e irreflexiva actitud. El tiempo que voy a perder en esta búsqueda desatinada que me apartaría de mi ruta con dudosas perspectivas de poder reasumirla, debo emplearlo en atacar cuanto antes la formación nubosa y superar lo que resta de los picos invisibles, con el rumbo que la carta geográfica señala y aceptar el riesgo, incluso menor, que esta decisión impone.

  Con picos visibles o invisibles, un aterrizaje forzoso equivaldría a lo mismo. Un nuevo viraje a la izquierda hasta detenerme sobre el rumbo correcto de 110°.

  Tengo la sensación de haberme echado al vacío. Me falta esa sustentación psíquica proporcionada por la imagen visible del suelo, aunque se tratara de un terreno en donde no podía hallarse un centímetro de superficie plana.

   Me preparo anímicamente a pasar unos minutos de mucha angustia. Vuelo sobre un colchón de nubes que descansa sobre muy escabrosa formación montañosa. Dependo del único motor de mi avión, lo cual pensándolo bien, es una ventaja. Con un bimotor, las chances de perder uno aumentan y sería improbable que  con el otro en funcionamiento pudiera mantener la altura necesaria para no chocar contra la montaña.

  He hecho mis cálculos y en el peor de los casos no debo tardar más de 50 minutos en alcanzar el terreno bajo. Había tomado la hora al abandonar el borde visible más alto de la cordillera y determinado en la esfera de mi reloj, el lugar en donde se cumplía el plazo de ese torturador período de mi vuelo.

  Sobre las nubes hay moderada turbulencia. El ruido del motor llega a mis oídos como una voz amiga y tranquilizadora y su continuado, incansable esfuerzo, parece desvincularme de tantas piezas en movimiento para transmitirme sólo un alentador mensaje de ruidosa y confiable seguridad.

  Gran dosis de angustia inicial ha desaparecido y aún cuando falta más de la mitad del tiempo estimado para llegar a la región llana, he logrado movilizar mi atención hacia consideraciones ajenas al peligro supuesto que paso. Todo está en orden en el tablero de instrumentos. Decido mantener la altura de vuelo para no perder el viento favorable. Todavía dispongo de una apreciable reserva de oxígeno. A medida que transcurren los minutos, mi confianza y tranquilidad aumentan.

  Repentinamente, cerca de media hora más tarde, un hecho significativo me convence de que el verdadero peligro se ha desvanecido: la turbulencia cesa bruscamente. El avión, perfectamente estabilizado, inicia un vuelo sereno y plácido. No quedan dudas, las montañas quedaron atrás. Me embarga un estado de euforia. Doy vuelta la cabeza y no logro distinguir nada del macizo andino.

  El vuelo se prolonga sobre las nubes algún tiempo más, pero pronto comienzan a abrirse claros cada vez más amplios, a través de los cuales puedo observar la baja y anhelada topografía chaqueña.

  Apresuro el descenso hasta alcanzar los 9.500 pies de altura. Me libro de la máscara de oxígeno y con los últimos minutos de luz determino la corrección de mi rumbo: el cauce del Río Pilcomayo me señala la dirección de Asunción. Enseguida, vuelvo a perder contacto visual con el terreno al cerrar la noche.

  En la casi completa oscuridad de la cabina, apenas iluminada por la rojiza luz del tablero de instrumentos, desvinculado de toda sensación visual proveniente del exterior, puede decirse que realmente descanso. Mi única preocupación es mantener el rumbo en el compás magnético. Llevo quizás más de una hora de vuelo nocturno, no lo recuerdo, y sé que se acerca el final de mi camino.

  Más tarde, un lejano resplandor que no puede confundirse con las extensiones de los campos quemados, ilumina con intensidad creciente un punto del horizonte; ¡Es Asunción!.

  Cuando aterrizo y el avión carretea sobre la pista del Aeropuerto Internacional de Asunción, pienso que he completado un vuelo de absoluta y completa normalidad, conclusión acompañada de cierto rubor originado en las hesitaciones sufridas durante el viaje como consecuencia de mi falta de veteranía...

 (*) Piloto Aviador Civil. Esta anécdota fue proporcionada por el ex-Presidente de TAM-Mercosur el P.A.C. Miguel Candia.

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Anecdotario Aeronáutico - 51. UN VUELO TRANSANDINO (1era. Parte)

P.A.C. José Zubizarreta (*)

“¿Cómo puedo subir mejor a esa montaña? ¡Sube, y no preguntes cómo!”
F. Nietzche

  Poco más de dos décadas alcanzó a durar aquella bonanza económica que permitió a muchos empresarios de nuestro país importar de los Estados Unidos un número relativamente alto de aviones para uso privado.

  Los aviones llegaban al Paraguay volando y la tarea de conducirlos desde el lugar en donde se fabricaban –Wichita, Kansas- centro aeronáutico del mundo, hasta Asunción –en el corazón de Sudamérica- constituyó, durante aquellos años, una parte del contenido de mi vida considerablemente valiosa para mi por satisfacer, en cierta medida, una poderosa disposición de mi espíritu inclinado a la aventura de exploraciones y descubrimientos. El encanto de la tarea era vivido anticipadamente en la planificación previa del vuelo, cuando rodeado de cartas geográficas, reglas, computadores aéreos y libros de información aeronáutica, llenaba la planilla de vuelo con los preciosos datos requeridos para navegar sin sorpresas desagradables.

  Sin duda el trabajo de elaborarla constituía un anticipo adicional del deleite prometido en el vuelo mismo. Cuando la ruta era virgen y desconocida, la planilla jalonaba los puntos del itinerario con nombres que ocultaban una misteriosa y arcana realidad, plena de seductoras promesas, no siempre desmentidas y a veces, colmadas de románticas alusiones, como en el caso de aquella solitaria, apartada y pequeña población del sudeste venezolano cuyo nombre –“La Divina Pastora”- recuerda a la que fue, sin duda, una diosa pagana, tal vez ninfa de las Eneiras, -¿Galatea, quizás?- quien encarnada en cuerpo mortal de bellísima figura deambulaba por esos parajes igualmente bellos ante la muda admiración de aquellos a quienes se mostraba.

  Llegó a enorgullecerme un poco la invención de ciertos detalles novedosos de mi planilla de vuelo, los cuales facilitaban en gran medida el control de la navegación y creí ver justificado ese sentimiento, sin duda pueril, cuando después de haberla dejado olvidada en la sala de plan de vuelo del Aeropuerto de Saint Croix, en el Caribe, en el siguiente viaje tuve la sorpresa de hallarla en el mismo lugar en donde la había dejado con el honor de ver, en vez de haber sido arrojada a la basura, un cartelito adosado a ella pidiendo que nadie la moviera de su lugar por si el piloto que la había olvidado volvía a pasar por allí. Me atreví a interpretar este gesto de plausible cortesía, también como un reconocimiento al valor de su contenido.

    Durante mis primeras experiencias conduciendo aeronaves al Paraguay, seguía una de las rutas indicada por la rutina de quienes me precedieron en ese trabajo. La habitual era la ruta de la costa del Pacífico. Ella nos exigía sufrir dos prolongados periodos de vuelo muy desagradables y peligrosos. El primero a todo lo largo de la costa panameña y colombiana, durante cuyo transcurso, nunca nos librábamos de soportar el tormento que significaba la lluvia pesada y torrencial, que cae en la zona. El último compromiso era el cruce de la Cordillera de los Andes.

  Los habituales planes de vuelo, prolongaban el recorrido por la costa hasta la capital de Chile para cruzar los Andes por el paso llamado “Cristo Redentor” en donde la montaña se estrecha y permite sobrevolarla a menor altura.

  Pero este desvío –de seguridad equívoca- que casi todos los pilotos utilizaban, añadía miles de kilómetros y tres días más al viaje de regreso. Nunca me avine a soportar esta extensión innecesaria e irracional del viaje. Después de cruzar varias veces la cordillera a la altura de Antofagasta, ciudad del norte de Chile, la experiencia final –increíble pero cierta- de no encontrar en ella nada que comer, alojado en el mejor hotel de la ciudad durante el gobierno marxista de Salvador Allende (a quien su ignorancia hacía creer que la producción y distribución de la riqueza son dos procesos absolutamente desvinculados entre si) me determinó después de un ayuno de más de 24 horas, a no volver a pasar por Chile.

  Antes de abandonar definitivamente la ruta de la costa del Pacífico, el estudio de las cartas geográficas me descubrió una tercera variante posible de ella: cruzar los Andes por el paso de Charaña, más la norte, en la frontera de Bolivia con Chile. Cuando partiendo de Arequipa, ciudad del Perú, alcanzaba el paso de Charaña que del Pacífico conduce a Bolivia, me encontraba de pornto en el umbral del altiplano boliviano. Franqueada la primera barrera de montañas, una pequeña modificación del rumbo dirigía mi avión hacia Santa Cruz de la Sierra, al otro lado de la cordillera en el oriente y meta normal de la penúltima etapa del viaje.

  Sin embargo, pronto pude advertir que se me ofrecía otro camino más corto capaz de ahorrarme un día de viaje. Enseguida de franquear el paso, con el habitual rumbo en el compás magnético, siempre dirigía mi vista hacia la derecha para contemplar, a través de la atmósfera clara, lo que alcanzaba a ver de dilatados espacios abiertos interrumpidos por macizos montañosos y también, extendida sobre el paisaje, la ruta más corta hacia Asunción.

   Mi intención de realizar un vuelo sin escalas desde Arequipa hasta Asunción era una idea pacientemente elaborada a través de mis anteriores experiencias de vuelo trasandino. La maduración del proyecto comenzó con el estudio de las cartas geográficas de la región, con los accidentes y detalles de su recorrido. La viabilidad del proyecto estaba probada en el tramo del franqueo de la barrera montañosa occidental, utilizado varias veces en vuelos anteriores a Santa Cruz. Por otra parte, la información cartográfica recogida señalaba que, superado el altiplano, los picos pertenecientes a la muralla oriental, en el nuevo rumbo, tampoco eran más elevados que los anteriores y con un avión aligerado de combustible.

  Lo que no pudo anticiparme la carta aeronáutica fue la increíble rugosidad de la última parte del recorrido sobre la montaña que solo puedo definir como colosales y amedrentadores escombros de monstruosas dimensiones.

  Por fin, en todo ese proceso de asimilación de conocimientos sobre la nueva ruta, no hallé nada que hiciera el proyecto inviable para concluir pensando que todo dependería de mí y del comportamiento del avión y, -al menos con respecto a él- nada hacía pensar que no sería excelente.

  El proyecto podía ser calificado como una empresa que entrañaría, sin duda, un riesgo, pero controlado, al dotarlo mediante la cuidadosa planificación y el cálculo, realizados antes y durante el vuelo, del mayor grado posible de seguridad. Por desgracia, la burocracia aeronáutica se encargaría de modificar, en apreciable medida negativa, los porcentajes previstos de riesgos y seguridad del proyecto.

  Debía cruzar la cordillera de los Andes por la parte más ancha de todo su recorrido, aún si fueran consideradas todas la cadenas montañosas que con diferentes nombres se extienden a lo largo de toda la costa occidental de las Américas desde Alaska a Tierra del Fuego y cruzarla sobre inhóspito terreno montañoso con mucha tensión, buena dosis de angustia y muy atento al buen funcionamiento del sistema de provisión de oxígeno.

  Sin embargo, el verdadero peligro se circunscribiría a dos momentos culminantes en que el buen funcionamiento del motor del avión haría la diferencia entre la vida y la muerte del piloto; esos momentos transcurrirían durante el sobrevuelo de los macizos occidental y oriental de la cordillera y de sus adyacencias inmediatas, las cuales limitan por ambos lados la altísima meseta boliviana.

  Consideraba muy aceptable el momento del día en que según mis cálculos habría superado el macizo andino y la hora de mi arribo a Asunción. Pero los cálculos muy a menudo fallan por motivos imposibles de prever.

  Existía también a favor del proyecto, una razón económica que en cierta medida la justificaba profesionalmente: un vuelo directo, sin escalas, representaba miles de millas, cientos de galones de combustible, tasas aeronáuticas, cuenta de hoteles y horas, muchas horas de vuelo del avión, ahorrados.

  Cuando los representantes en el Paraguay de los aviones Cessna me ofrecieron el trabajo de conducir uno de sus aviones dotado de un motor de 300 HP, comprendí que se presentaba la oportunidad esperada. Se trataba de de un Agwagon 300(1) de excelente calidad como todos los de la marca, con un probado motor a inyección de combustible, inmune a la posibilidad de sufrir formación de hielo en el carburador, suprimido por el sistema de inyección, una de esas maravillas de la artesanía mecánica de esta era de la aviación en que los motores, muy raramente, fallan y se detienen.

  Sin embargo, no pude alegrarme al repasar el equipo de navegación a bordo. Increíblemente, como en la anécdota anterior descripta, se reducía a una solitaria brújula magnética.  Por razones de economía, sus dueños lo habían adquirido desprovisto de todo instrumental que no fuera imprescindible para el trabajo de fumigar los sembrados. Apenas un “turn and bank” para sobrevivir, con dificultad, entre nubes, los instrumentos estándares del motor, un velocímetro y un altímetro sensitivo.

  Es decir, créase o no, ningún equipo de radio comunicación, ni de navegación, radio eléctrica a bordo (ni VOR ni ADF). Casi en el techo de la cabina, el compás magnético era el único y antiquísimo instrumento para llegar a destino. Estaba limitado al arte de la navegación a estima, mientras el tiempo lo permitiera. No me asustaba el desafío y no era la  primera vez que había conducido fumigadores de pobreza instrumental franciscana, con las cartas geográficas y un computador circular a bordo.

  Acepté el ofrecimiento y después de casi dos meses de espera para recibir el avión en fábrica, abandoné Wichita un día jueves a las ocho de la mañana para llegar ese mismo día a Brownsville, Texas, a orillas de Río Grande –en la frontera con México- en donde pasé la noche.  Entonces, yo no pude imaginar que aquel retraso en la entrega del avión –un hecho aparentemente desvinculado del proyecto- habría de afectar en forma muy peligrosa su realización.

  Al día siguiente llegué a San José; el sábado a Panamá, y el domingo  a Talara, ciudad del norte de Perú, cerca de la frontera con Ecuador. El día lunes 29 de Septiembre de 1966, por la tarde, cumplía la parte final de la quinta jornada de vuelo de regreso. Me acercaba velozmente a Arequipa, la vieja ciudad del indio Mayta, hoy segunda en importancia del Perú, recostada sobre la estribación occidental de la cordillera de los Andes, a más de 8.400 pies de altura y a bastante distancia de la frontera con Chile.

  Volaba sobre terreno montañoso. Me había apartado del mar antes de avistar a Pisco, ascendiendo a 9.500 pies para sortear los extensos bancos de nubes bajas que encontraba siempre sobre la región del puerto de San Juan. El rumbo de mi derrota me alejaba de la costa para volar sobre terreno alto perteneciente a las estribaciones andinas que paralelas y cercanas a los elevados picos nevados, se hallaban libre de nubes. La elección de rumbo contribuía también a acortar el camino.

  A mi derecha, en cadena interminable, la montaña escondía sus picachos menos elevados bajo un compacto colchón de nubes que se extendía más allá de la costa del mar. A mi izquierda, la cordillera ascendía paulatinamente hasta la línea de nevados que conformaban el borde occidental más alto de la cordillera. Dos volcanes apagados coronados de nieves perpetuas –el Chachatni de 20.000 pies de altura y el Mitzi de 19.000 pies- señalaban el fin de la jornada de ese día. Cercana a ellos, debía encontrar la ciudad de Arequipa.

  Había pasado ya muchos picos nevados a 90° de mi rumbo, pero el compás magnético y el computador aéreo coincidían en advertirme que ninguno de ellos podía ser el que buscaba. La tarde muy brumosa desvanecía cualquier esperanza de avistarla desde lejos. La velocidad promedio de esta etapa del vuelo era muy alta, gracias a un componente de viento de cola de 22 nudos. A pesar de ello, me sentía impaciente, esperando hallar, contra la problemática de los cálculos, detrás de cualquier recodo del camino, las referencias claras que en la carta se mostraban cercanas a Arequipa.

  Al no encontrarlas, mi impaciencia exige nuevamente al computador aéreo algún motivo que justifique un vago desasosiego que no encuentra fundamento en los datos objetivos que continuamente recojo y examino. Repito los cálculos por diferentes caminos y ninguno de ellos contradice al otro. Todos se integran armoniosamente para persuadirme que no voy a encontrar sorpresas en la navegación que realizo. El computador me indica que llegaré a Arequipa a las 17:45 horas, antes de anochecer. La ansiedad es solo debido al hecho de que el compás magnético no se halla “asido” al punto de destino como lo está un VOR o un ADF.  Con solo la ayuda de la brújula, puedo confundir las referencias volando sobre la escabrosa cadena de montañas y perder un tiempo precioso metiéndome en callejones sin salida.

  El mar y los aeropuertos de la costa, desconocidos para mi, me están vedados por una suerte de barrera psicológica que se traduce en verdadera repugnancia a la elección de alternativas que signifiquen alejarme de mi destino, no cumplir mi plan de vuelo, volar sobre nubes que esconden serranías, para realizar un descenso -¡Dios sabe a qué distancia está la costa!- en busca de un aeropuerto cuya ubicación solo podría estimar lejos de toda precisión.

  Atravieso laderas muy afiladas y de tanto en tanto, como hitos que trato de identificar en la carta geográfica, sobrevuelo imponentes quebradas con hilos de agua, que en su camino al mar, desaparecen bajo las nubes. Yo permanezco aferrado a mi rumbo, hasta que, por fin, a las 17:25 horas, en lontananza de mi dirección, me parece divisar algo que destaca en el contorno grisáceo. Puede ser una nube en forma caprichosa o la cima nevada de un volcán, pero la dirección en que se muestra alienta mi esperanza de estar viendo, a lo lejos, el fin de mi camino.

  Más tarde, toda duda desaparece. Bien visible, nítidamente perfilado en el horizonte, el radio faro de Arequipa –el Volcán Chachatni, prende la nariz de mi avión a su imponente figura. Cubro con rapidez las ultimas millas que me separan de la ciudad; una vuelta sobre el desierto aeropuerto; la luz verde que se prende en la torre de control y el Cessna Zulú-Papa-Papa-Fotxtrot-Delta (ZP-PFD) aterriza sobre tres puntos en una pista que se halla a más de 8.400 pies de altura sobre el nivel del mar.

  He cumplido una etapa de casi mil millas náuticas en ocho horas y 15 minutos. El promedio de casi 120 nudos no ha sido malo para un avión diseñado para fumigar campos cultivados. No era la primera vez que llegaba a Arequipa. La conocía y me gustaba, no sólo por la belleza del marco que la rodea sino por el sabor colonial de la ciudad y la disposición cortés y amistosa de su gente. ¡Siempre había lamentado abandonarla después de la primera noche!.

  El aire puro de la cordillera y el aislamiento higiénico en que alienta, parecen preserva a Arequipa de ciertas costumbres menos correctas imperantes en otras ciudades de la costa. Los funcionarios de aduana cumplen su función sin someter al piloto a los apremios habituales en otros aeropuertos del país, en donde cualquiera sea la hora de llegada del avión, nunca se estará dentro del horario en que los servicios son gratuitos.

  En camino al hotel observo a través de las ventanillas del taxi las altas cumbres de las montañas sin que mi callada interrogación obtenga respuesta. Me acuesto temprano, pero a pesar del cansancio no puedo conciliar el sueño. El compromiso contraído  -volar una ruta desconocida y potencialmente peligrosa- me hace sentir como “en capilla”. Mi determinación es tan firme que invalida la intromisión de defensas psíquicas capaces de hallar “razones” para eludir el compromiso.

  Pero no solo el instinto de conservación sabe tender sus trampas. A veces, cuando la tensión se vuelve molesta, también puede engañarse a las fuerzas conservadoras de la personalidad prometiendo “reabrir la causa” para reconsiderar una decisión que se sabe, en ultimo término ha sido irrevocablemente tomada...”En Charaña veremos”... Con este pensamiento de transacción consoladora me duermo de un tirón hasta la mañana siguiente.

  A las siete de la mañana de ese día, mi avión rueda lentamente hacia la lejana cabecera de la única pista del Aeropuerto de Arequipa. He cumplido con todos los requisitos de un vuelo internacional y recogido la información meteorológica disponible. Excepto de La Paz en donde la visibilidad es reducida, reina buen tiempo en el altiplano boliviano aunque las condiciones no sean óptimas. Algunos cúmulos dispersos me auguran turbulencia segura y en aumento al adelantar el día. En Santa Cruz, el tiempo es malo, con cielo cubierto, techo de 140 metros y 3/8 de los peligrosos cúmulos nimbus a mayor altura. Yacuiba, cercana a mi ruta en el Chaco argentino se presenta mejor y sopla ya viento sur en el oriente boliviano, lo cual me hace temer acumulación de nubes contra el macizo oriental más alto de la cordillera. No debo considerar a Tarija ni a Yacuiba como alternativas seguras.

  Sin embargo, la autonomía de mi avión es tan grande que me permitirá sobrevolar cualquier extensión nubosa y el cuadro general no hace prever topes que mi avión no pueda superar. En los tanques, llevo más de 170 galones de combustible, con el recipiente del material de fumigación convertido en tanque auxiliar, cuyo contenido puedo transferir, con la ayuda de una bomba eléctrica Bendix, al tanque del ala derecha del avión. Esto me proporciona una autonomía cierta de 14 horas de vuelo. Llevo una bomba de repuesto y creo poder cambiarla en caso de una improbable interrupción de abastecimiento de combustible del tanque auxiliar. Si no olvido mantener constantemente lleno el tanque derecho, tendré siempre a mi disposición casi tres horas de autonomía para cualquier decisión alterna. Por último, Asunción, el tiempo es excelente y firme.

  Después de realizar el procedimiento corriente de control de los sistemas del avión, enfrento la lejana torre del aeropuerto en demanda de la luz verde para ingresar a la pista y despegar. Con sorpresa, veo destellar la luz roja de peligro que ordena inmovilidad. Pasa el tiempo y la señal no varía. Como el aeropuerto se halla desierto y el cielo libre de aviones, sospecho que el control de torre quiere decirme que debo regresar a la plataforma central del aeropuerto, a pesar de que ese mensaje se transmite con luz blanca.

  Vuelvo a desandar el larguísimo “taxiway” lleno de malos presentimientos, temiendo que alguna “pelusa” burocrática eche a perder una planificación cuyo pilar más importante es el cumplimiento de los horarios. Mis temores se confirman. ¿Qué había pasado?. La autoridad aeronáutica central de Lima, había revocado la autorización para partir otorgada por el control de Arequipa al percatarse de que el día anterior –el día de mi arribo a Perú- había vencido el plazo dentro del cual se permitía el sobrevuelo de mi aeronave sobre territorio peruano. ¡Así son las cosas en Sudamérica!.

  continua....

 (*) Piloto Aviador Civil. Esta anécdota fue proporcionada por el ex-Presidente de TAM-Mercosur el P.A.C. Miguel Candia.

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domingo, 6 de marzo de 2011

Anecdotario Aeronáutico - 50. MEMORIAS DE UN PILOTO DE “FERRY”

P.A.C. José Zubizarreta (*)

“Todo vuelo es encantador y significa siempre un poco de delicia, de evasión y de triunfo”
José Ortega y Gasset.

  Existe una especie de tropo retórico, muy expresivo, utilizando comúnmente para calificar la índole peligrosa y atemorizante de ciertos trabajos remunerados que algunas personas realizan para ganarse el sustento. En esos casos para elevar el efecto dramático de la definición, se traslada a la paga obtenida las emociones angustiantes derivadas del trabajo peligroso realizado, para llamarlo “el salario del miedo”.

  Este modo de aludir al cumplimiento de misiones riesgosas podría yo quizá con alguna justicia emplearlo para calificar la naturaleza de mi propia tarea, cuando, como piloto dedicado ocasionalmente a trasladar aviones nuevos desde los EE.UU., me contrataban para conducir un avión fumigador. También en ese caso, los dólares sobrantes en mi bolsillo después de pagar los gastos de traslado del avión constituían asimismo mi “salario del miedo”. La diferencia consistía en que yo no realizaba el trabajo para ganarme el pan, sino simplemente porque me gustaba hacerlo, atraído sin duda, por la fascinante ampliación de las facultades humanas que significa la posibilidad de volar, y sobre todo, cuando esa subyugante actividad se cumplía sobre mares azules e islas paradisíacas habitadas por mujeres de cuerpos oscuros como una noche sin luna pero, en el marco de un radiante sol tropical dulcificado por el mar.

  ¡Volar sobre el Caribe”!. Recuerdo, con verdadera nostalgia esos vuelos en aviones monomotores que permitían apreciar de más cerca esos lugares de belleza sin igual y rica historia romántica y aventurera capaces de compensar con creces los riesgos asumidos.

  Pero podría preguntarse, ¡que factores negativos intervenían para justificar el derecho a calificar los vuelos en aviones fumigadores con aquella tan dramática y, si se quiere, hasta un poco petulante definición?; ¿Eran esas aeronaves peligrosas o adolecían de defectos que afectaran de alguna manera sus cualidades aeronáuticas?. No, nada de eso. Se trataba de excelentes, extraordinarias y potentes máquinas aéreas, las cuales, precisamente, por estar destinadas a cumplir una tarea peligrosa, volando a baja altura sobre el suelo para fumigar los cultivos, se construyen bajo normas que exceden los patrones comunes de seguridad. El verdadero motivo estaba relacionado con una causa más sencilla y prosaica, no imputable a los fabricantes de la aeronave sino a quienes los adquirían. Ocurría, simplemente, que esas personas, para abaratar el costo de la aeronave, las compraban desprovistas de todo equipo radioeléctrico de navegación, del sistema que fuese, y mediante los cuales, el piloto está, por decirlo así, permanentemente “atado” a su punto de destino, sin depender de referencias visuales (inexistentes sobre el mar abierto o sobre tierra cubierta de nubes) que indiquen la corrección de su trayectoria, la distancia y el lugar de su destino.  Con ellos, el piloto puede, también, localizar la pista oculta por condiciones de nula visibilidad y aterrizar en ella, utilizando los procedimientos establecidos de aproximación por instrumentos.

  Pero, para desgracia mía, en los tiempos más heroicos anteriores a la aparición de los instrumentos portátiles de navegación satelital (GPS),  recibía en fábrica la “máquina voladora”, orgullo de la tecnología y la ciencia aeronáutica modernas, totalmente desprovisto de esos equipos que proporcionan “paz en la mente” del piloto, y dotado solo de una brújula magnética como único auxilio de navegación. Vale decir, con el mismo y antiquísimo instrumento empleado por Cristóbal Colón para navegar con sus famosas carabelas cuando se dirigía hacia un destino más incierto quizás pero contando con la inagotable autonomía proporcionada por los vientos soplando sobre las velas.

  Cualquier persona, aún profana en asuntos aeronáuticos, puede darse una idea aproximada de los problemas que enfrenta un piloto con solo una brújula magnética para navegar. Basta imaginarlo volando sobre extensos bancos de nubes rastreras o en condiciones de mal tiempo, en busca de una isla en el océano en donde debe aterrizar para reabastecerse, la cual, fuera del alcance de su vista se oculta en las formaciones nubosas que le rodean. El piloto ha mantenido “a muerte” el rumbo magnético determinado en la carta de navegación, pero no puede saber si los vientos no lo han desplazado de su ruta, desagradable incertidumbre acompañada del angustioso temor de sobrepasarla sin verla, lo cual le impondría la agónica obligación de “explorar” el mar sin esperanzas hasta que la autonomía del avión señale el término trágico de la aventura.

  Pero, el transporte de aviones fumigadores padecía de un problema adicional: su escasa autonomía; apenas dos horas y media de vuelo, insuficientes para cumplir etapas largas entre aeropuertos lejanos. La solución de este problema introducía un nuevo factor de riesgo y angustia para el piloto, obligado a utilizar el recipiente destinado a almacenar el material de fumigación (situado entre el motor y la cabina de mando) como “tanque auxiliar” de combustible, en donde debíamos cargar hasta 700 litros de nafta de alto octanaje para realizar etapas largas sobre la selva necesarias para ahorrar mucho tiempo y dinero. El recipiente o tolva de fumigación convertido en tanque auxiliar contaba con una enorme tapa superior que permitía al piloto observa con aprehensión, la gran cantidad de combustible almacenado. Sin duda, un inquietante espectáculo ante cuya amedrentadora visión, el personal nativo de Shell que reabastecía la aeronave en la isla de Trinidad exclamaba con ojos desmesuradamente abiertos y verdadero tono patético: -...”You fly a bomb!”... (¡Ud. vuela una bomba!). Recuerdo haber ocultado con silenciosa sonrisa el efecto desmoralizador que estas palabras agoreras causaron en mi ánimo. Nunca podrá olvidar las dos terribles experiencias –una sobre el mar y la más peligrosa sobre la selva amazónica- que sufrí conduciendo aviones fumigadores con solo una brújula magnética como instrumento de navegación a bordo. Siento de veraz no poder revivir en el relato, por el tiempo transcurrido, todas las angustiosas y atormentadoras vivencias experimentadas en las dramáticas circunstancias que las provocaron.

    Había salido temprano por la mañana del Aeropuerto de Opa Locka de la ciudad de Miami con destino a la isla de South Caicos perteneciente al archipiélago de las Providenciales, distante 576 millas náuticas de Miami. Allí, debía reabastecer el avión y continuar ese mismo día el vuelo hasta la isla de St. Croix, 500 millas náuticas de South Caicos, en donde pasaría la noche. La información meteorológica obtenida hablaba de una tormenta de consideración azotando las costas de la Rca. Dominicana, pero, con tiempo despejado en la ruta directa, por mar abierto desde South Caicos hasta Puerto Rico. Decidí seguir esa vía, que había utilizado varias veces, en anteriores ocasiones.

  Durante la primera hora de vuelo, u hora y media, ya no lo recuerdo, tuve excelentes condiciones de tiempo y visibilidad sobre el mar abierto. Sin embargo, más adelante pude percibir algo que se aproximaba. Las predicciones meteorológicas resultaron ser cuanto menos inexactas. La tormenta, supuesta a mi derecha había ampliado considerablemente hacia el este el espacio de su actividad para afectar también la trayectoria de mi ruta. El cielo se llenó de nubes y la actividad eléctrica se hizo continua a mi alrededor. Empezó a llover copiosamente y la turbulencia se incrementó hasta volverse preocupante. Recuerdo vívidamente que en cierto momento no podía, por efecto de la fuerza impuesta sobre mi por la turbulencia,  levantar la mano izquierda para llevarla al acelerador y reducir la velocidad de la aeronave con el objeto de minimizar el efecto de ella sobre la estructura del avión. La actividad eléctrica incesante, junto a la  turbulencia se convertían en los elementos perturbadores de la situación. Pero yo comandaba en esos momentos un Cessna Agwagon 300(1), el cual despojado de sus accesorios de fumigación se transformaba en un verdadero caza de combate de los viejos tiempos, capaz de resistir el rigor del mal tiempo. Confiaba en que la continuación del vuelo me depararía una travesía más tranquila y serena. En realidad, más que la violencia del tiempo, me preocupaba la posible aparición de un enemigo más callado e insidioso, pero para mi, mucho más peligroso. Temía, más que nada, la falta de visibilidad que la tormenta, con su séquito de nubes podría crear después de calmar su furia. Por desgracia mis temores se confirmarían. Cuando la lluvia y la turbulencia cesaron, una angustia mayor vino a reemplazar a la causada por las rigurosas condiciones climáticas.

  Cuando el piloto vuela sobre mar abierto, en día claro y despejado, bajo un cielo totalmente libre de nubes, sin ver más que la extensión del mar ilimitado y, repentinamente observa en la lejanía una aislada formación nubosa sobre la superficie del agua, puede afirmar, con pocas posibilidades de error que esas nubes esconden una isla de tierra firme. La temperatura de la tierra, calentada por el sol irradia su calor a la atmósfera circundante elevando el aire caliente y húmedo hasta su nivel de condensación para formar las nubes que esconden pero al mismo tiempo delatan la presencia de tierra firme. Pero, por desgracia, esas no eran mis circunstancias. Todo el horizonte alrededor de mi estaba cubierto de espesas nubes bajas que ocultaban, sin delatar, la presencia de lo que pudieran esconder. Solo distinguía bajo mis pies, a la madre de Afrodita, deslizarse incansablemente por el tobogán formado por las olas de un mar agitado. No podía confiar en que el rumbo magnético mantenido con férrea determinación a pesar de la tormenta me haría pasar necesariamente sobre la isla de Puerto Rico, punto de comprobación indispensable para asegurar la corrección de la trayectoria final hasta St. Croix, situada algo más de 110 millas náuticas al sur de la famosa Borinquen. Los vientos reinantes podían haber desplazado mi derrota hasta límites insospechados para mi. ¿Podría ver la “perla de los mares” como veía la espuma del mar bajo mis pies?.

  Llevaba a bordo –en esa ocasión- un pequeño aparato de radio transmisor (VHF), sin VOR, de alcance reducido que utilizaba para comunicarme con los controles de tierra antes de aterrizar. Era el último recurso a mi disposición; llamar al control de aproximación de San Juan cuando el tiempo de mi vuelo relacionado con la velocidad estimada del avión me indicaran que estaba lo suficientemente cerca para ser escuchado...siempre que el desvío de mi ruta no hubiera sido considerable. Cuando ese momento llegó, mientras proseguía atormentado escudriñando el horizonte sin alcanzar ver absolutamente nada, me dispuse a utilizar el último recurso disponible, después de lo cual, si fracasaba el intento, habría perdido el control de la situación, la que pasaría a convertirse en juego de azar con todas las posibilidades en mi contra. Encendí el equipo de radio que había mantenido apagado al pasar la tormenta y preso de la incertidumbre más agobiante pero con voz que no debía dejar translucirla, llamé al control de San Juan. La respuesta fue el silencio más absoluto. Nadie me contestó. No escuchaba ni siquiera conversaciones ajenas. Repetí los llamados innumerables veces, siempre con el mismo resultado. Experimentaba la sensación mortificante de que mis posibilidades de supervivencia disminuían en medida apreciable después de cada intento fallido y comprobando al mismo tiempo el esfuerzo cada vez mayor empleado para mantener el tono frío, calmo, impersonal que la voz del piloto debe conservar en cualquier circunstancia, por comprometida que sea. Reaccioné inmediatamente contra mis nervios. Al fin y al cabo, pensaba, la situación iría deteriorándose lentamente a medida que el tiempo transcurriera y al reflexionar sobre ello, advertí que el transcurrir del tiempo, paradójicamente, podría convertirse en aliado mío. Quedaban ya pocos minutos de luz y eso podría significar que cuando se hiciera de noche y la oscuridad me envolviera, esa circunstancia podría ayudarme a divisar el resplandor de las luces de alguna isla reflejadas en algún punto del horizonte. Puerto Rico, tal vez o alguna pequeña isla de más al sur o más adelante, quizá St. Croix, si sobrepasaba sin verlas a las más cercanas. No estaba todo perdido. Conservaba chances de solucionar normalmente el problema antes de que fuera inevitable un amerizaje final.

  ¿Cómo se comportaría este avión de tren convencional al acuatizar en el mar?; ¿Capotaría sin duda?; ¿Cómo afectaría el oleaje esta emergencia?; ¿Podría yo ayudado con las lluces del avión determinar con anticipación la dirección del oleaje para posar el avión en el mar sin enfrentar las olas?; ¿Tendría tiempo de abandonar el avión con el bote salvavidas antes de que se hundiera irremediablemente?. Tal vez el aire contenido en la tolva y en las alas le permitirían flotar por algún tiempo. Preguntas sin respuestas ciertas, porque la experiencia de acuatizar debe ser enfrentada por el piloto sin adiestramiento previo anterior.

  Volví a repetir los llamados dirigiéndolos, esta vez, a cualquier aeronave que me escuchase. Tampoco obtuve respuesta. Recuerdo que una extraña calma se adueñó de mi en ese momento, decidido y preparado ya mentalmente a esperar el auxilio equívoco de la oscuridad. Un momento después y solo por la obligación de no cancelar una oportunidad que podría todavía seguir abierta, repetí mi llamado general. Solté el botón del transmisor esperando el acostumbrado silencio que invariablemente seguía a mis llamados, cuando después de unos segundos -¡me pareció increíble!- escuché la voz del hasta hoy desconocido tripulante de una aeronave de la compañía colombiana Avianca, que con destino y origen desconocidos para mi, sobrevolaba la zona y respondió a mi llamado. Se me creerá, sin juramento, que nunca escuchar la voz de un colega me fue tan grata. A partir de ese instante todo volvió a normalizarse. Expliqué mi situación, rogándole solicitar a San Juan la identificación de mi aeronave en la pantalla de radar del control, lo cual se logra –en ausencia del transponder- mediante el recurso de comprobar cual de los objetos de la pantalla se mueve de acuerdo a las instrucciones emanadas del control, para que una vez identificada pudieran indicarme el rumbo hacia la isla. Así lo hicieron y casi inmediatamente pude obtener comunicación directa con el control de San Juan. Yo me encontraba a diez milla náuticas al norte de Puerto Rico (18,52 km) pero tuve que realizar un viraje de 90° a mi derecha para alcanzar la isla. De haber continuado con el mismo rumbo que llevaba, la hubiera sobrepasado, sin verla.

  Al escribir estas líneas, comprobé en el mapa que mi rumbo me llevaría a la isla francesa de Guadalupe, a la cual no hubiera podido llegar por falta de combustible. Sin embargo, pienso que aquella equívoca aliada nocturna en la que había depositado mi última esperanza me hubiera casi con seguridad salvado porque en ese rumbo no habría dejado de ver, no demasiado lejos a mi derecha las luces de la isla de St. Croix. Resolví, ya caída la noche cruzar Puerto Rico y continuar el vuelo a mi destino. Las condiciones del tiempo eran óptimas al sur de Borinquen y en poco más de 55 minutos, sin pensar en apagones, llegué a St. Croix.

  En el hotel de la ciudad, antes de conciliar el sueño, no dejaba de admirarme al reflexionar, cuan rápido y fácilmente una situación de ribetes trágicos puede transformarse en apenas un hecho anecdótico...

 (*) Piloto Aviador Civil. Esta anécdota fue proporcionada por el ex-Presidente de TAM-Mercosur el P.A.C. Miguel Candia.

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